Los comisarios de exposiciones se reivindican en tiempos de crisis (El País, 18/11/2011)
Una exposición no puede ser una acumulación de obras, sin ton ni son. Hay que contar una historia, una idea, y quien la cuenta es el comisario, profesional que no es exactamente un crítico, ni un historiador del Arte.
Lo cuenta Isabel Lafont, tras conversar con algunos de ellos en un encuentro organizado en Madrid: la importancia del comisario de exposiciones es tal que “puede, en algunos casos, determinar el éxito o el fracaso de una muestra”.
Su figura empezó a definirse en los años 60, siendo la primera década del siglo XXI la que aportó la especial relevancia que tiene ahora la profesión en España, gracias a la apertura de infinidad de centros de Arte. El Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, Laboral de Gijón, Conservera de Murcia, CaixaForum, Matadero… Docenas de espacios que históricamente se dedicaban a la producción industrial pasaron a depender de instituciones que los restauraron para ponerlo al servicio de la cultura. Eran tiempos de bonanza económica , y eso trajo consigo una proliferación de comisarios que debían encargarse de llenarlos de contenido. 
Ahora esa efervescencia parece que se ha desvanecido a causa de la crisis económica. Muchos lamentan que, quizá también en el Arte, hubo una burbuja. “En los últimos años se ha dado demasiada información sin tiempo para digerirla. Ha habido mucho, trabajo, sí, pero ha sido demasiado intenso y el Arte necesita tiempo para ser procesado. Se ha ofrecido mucha cultura, pero sin educación, y por eso lo que ha quedado no ha sido más que un barniz”, señala Marisa Oropesa, que acaba de inaugurar la primera antológica del italiano Marino Marini en el espacio Conde Duque de Madrid.
Iván López Munuera define su trabajo como un esfuerzo para “desarrollar un marco crítico en el que se dé cabida a los distintos contextos sociales, políticos y económicos, es decir, crear un campo de actuación en el que las obras no estén desconectadas de lo que está sucediendo”. Y Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, cree que la función del comisario es consecuencia de la pérdida de relevancia de los críticos e historiadores del Arte en el circuito comercial y en el institucional. “En los años 40 o 50, tener una mala crítica de una personalidad como Clement Greenberg, por ejemplo, era el final. Hoy día, la enemistad con su equivalente en el mundo académico tiene pocas repercusiones. A partir de los años 60, el arte deja de ser marginal, surge el mercado, y el coleccionista y el galerista emprenden un camino paralelo al de la crítica”.
“A mí no me interesa un comisario que no trabaje con artistas”, dice Virginia Torrente, cuya misión no es sentar doctrina. “Subjetividad hay en todos los proyectos. Hay comisarios que plantean una revisión histórica y hay otros proyectos más livianos. En todo caso, yo me alejo del academicismo porque me gusta ponerme en el lugar del público. No es que me interese exactamente la didáctica de las exposiciones, pero me gusta pensar en la gente que las va a ver”.
Javier Duero, director del proyecto MapearMadrid del CA2M, define al comisario como “un pensador, un investigador, un educador, un productor, un mediador”. “Es una interfaz”, dice, “entre la institución pública, el sistema de Arte y la sociedad”.
